El regreso a las raíces: Cómo la ética hacker original puede salvar la ciberseguridad moderna
Hubo una época no tan lejana en la que la ciberseguridad no era solo un sector con certificaciones, organigramas y departamentos enteros, ya que se entendía más como una tribu; unas pocas personas obsesionadas con entender cómo funcionaban las cosas, capaces de pasar noches enteras desarmando sistemas solo por curiosidad. En cambio, la industria hoy se ha extendido a una velocidad brutal y con ese crecimiento ha llegado una pregunta incómoda: ¿se ha perdido algo esencial en el camino?
Esto es producto del testimonio de varias personas que configuran el viaje del hacker completo; del cuarto adolescente a la sala de juntas. Dichas personas han sido hackers desde muy temprana edad y terminaron dirigiendo, invirtiendo o construyendo empresas. Coinciden en algo y es que el espíritu hacker que ha fundado una disciplina completa no puede convertirse en nostalgia, debido a que hoy es más necesario que nunca.
Los antiguos hackers describen el origen de esa mentalidad con una palabra que lo puede explicar todo y es curiosidad: no se trata de un primer trabajo o de una certificación, se trata de una compulsión temprana por mirar dentro de una máquina.
Desarmar una PC, reescribir una secuencia de arranque para que un videojuego corra, ejecutar programas solo para ver qué hacen es la semilla de la seguridad informática; entender cómo funciona algo hasta poder predecir cómo se rompe.
Uno de los individuos llega al mismo lugar, pero desde un camino distinto y es el hambre de competir. Su historia comienza con un juego en Internet y una derrota imposible. Sabiendo que era la mejor, quedó de segundo lugar y el ganador, con millones de puntos arriba. La conclusión inmediata ha sido la trampa. Con esa sospecha, le llegó la chispa que define a muchos hackers: “si los demás pudieron, yo también puedo”.
Al querer dominar el sistema y al encontrar atajos, quería ganar siempre. Ese instinto, el de convertir una frustración en investigación, la ha llevado tan lejos que, antes de los 18 años, ya había ganado su primer millón. Se ven motivaciones diferentes y un punto en común: la pasión por entender y controlar sistemas. Entonces, ¿por qué tantos líderes del sector sienten que esa energía se diluye?
Para las personas que han dado su testimonio, la respuesta es que no se ha perdido el hacker, sino que ha crecido la carpa. Cuando la ciberseguridad no era industria, quienes llegaban lo hacían por vocación. Eran especialistas dispuestos a explorar más allá del horario laboral. Con la expansión llegaron perfiles nuevos, gente valiosa, sí, pero atraída por una carrera estable y por un salario competitivo.
Igualmente, la disciplina se ha vuelto más sistémica; apareció la gestión de riesgos, el lenguaje de priorización, programas, comités, entre otros. Si bien esto no es malo, debido a que era inevitable, el problema comienza cuando ese enfoque aplasta lo que lo hacía potente: la curiosidad técnica y la voluntad de “meterse al barro”.
Allí queda la lección más importante. La ética hacker original no era “romper por romper”, se trataba de explorar para comprender, comprender para mejorar, mejorar para proteger. Era responsabilidad, ingenio y obsesión por la verdad técnica. En un mundo de interminables alertas, automatización a medias y cambios radicales impulsados por IA, el regreso a las raíces no es nostalgia, es supervivencia.