Grupo criminal expone información sensible tras infiltrarse exitosamente en redes federales
La mundialmente conocida por sus siglas en inglés, ATF, que es la Agencia de Alcohol, Tabaco, Armas de Fuego y Explosivos de los Estados Unidos, acaba de sonar las alarmas de emergencia entre los pasillos de Washington.
Esto debido a que no se trata de un simple tropiezo informático o de un mantenimiento de rutina que salió mal. La agencia ha sido víctima de un ciberataque de tal magnitud que sus directivos se han visto acorralados, obligados a clasificar la brecha oficialmente como un incidente mayor.
No se trata de una etiqueta de relaciones públicas que los burócratas usen a la ligera; se trata de una clasificación legal estricta, pesada y humillante que actúa como una especie de botón de pánico, obligando a la agencia a rendir cuentas y notificar formalmente a los legisladores del Congreso norteamericano acerca del colapso de sus defensas informáticas.
En un intento por intentar suavizar la crisis, la versión oficial de la ATF ha asegurado que el ataque ha logrado aislarse, limitándose a un sistema informático independiente que opera como una isla digital, supuestamente desconectado de la red central de las oficinas.
No obstante, la gravedad del asunto ha salido a la luz cuando un portavoz de la agencia, presionado por los periodistas, ha tenido que admitir la naturaleza de los datos comprometidos, ya que este sistema aislado no almacenaba simples memorandos administrativos o calendarios de vacaciones.
Se centraba en albergar información extremadamente sensible, entre las que se incluyen las identidades y los perfiles de los objetivos de las investigaciones activas de la ATF. Se está hablando de presuntos traficantes de armas, líderes de organizaciones criminales y posibles terroristas internos.
Ahora, todos estos expedientes se encuentran flotando en la incertidumbre del ciberespacio, en algún lugar o lugares, lo que amenaza con dinamitar operaciones encubiertas de alto nivel y poner en riesgo la vida de todos los agentes federales que están sobre el terreno.
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Detrás de este golpe audaz se puede asomar la sombre de Qilin, una infame banda de secuestro de datos. Estos ciberdelincuentes no han tardado en adjudicarse la autoría del ataque, exhibiendo a su supuesta víctima como un trofeo en su plataforma de Internet, la cual se encuentra en la dark web.
Fieles a su estilo manipulador, hasta el momento han mantenido un silencio estratégico, negándose a proporcionar pruebas tangibles o muestras de los datos robados para aumentar la paranoia del gobierno y de sus agencias de seguridad, por lo que Qilin está lejos de ser un grupo de cibercriminales novatos.
Este grupo son los arquitectos de una sofisticada operación delincuencial de ransomware como servicio o RaaS, por sus siglas en inglés, es un modelo de negocio en donde alquilan un arsenal de herramientas de hackeo a otros criminales a cambio de un buen porcentaje del dinero de las extorsiones.
Su historial demuestra una preocupante falta de escrúpulos, habiendo realizado operaciones recientemente en gigantes de la industria civil, desde un conglomerado de medios como Lee Enterprise hasta el titán británico de laboratorios Synnovis. En estos momentos, han decidido emprender la caza de presas gubernamentales.